La gran lucha minera de 1766: de la huelga al levantamiento popular

Por Jimena Vergara

Lo que T.S. Ashton escribió sobre la extracción de carbón en la Gran Bretaña es igualmente aplicable a la minería de la plata mexicana: Ninguna chispa de genio de un Crompton, ni de un Watt, pudo transformar la extracción del carbón. La penosa experiencia de hombres comunes y corrientes tenía que ir poco a poco elaborando métodos mejores, y toda nueva idea o invención se propagaba de una mina a otra o de un centro minero a otro con lentitud.

D.A. Brading

¡Y así todos nos hemos aniquilado, consumido y acabado, como notoriamente se está experimentando, no podemos aguantar tanta tiranía!

Operarios de la mina Vizcaína, huelguistas de 1766

mineros

La minería en México ha sido una industria robusta desde los siglos de dominación española. En su desarrollo, posibilitó la emergencia de un poderoso movimiento obrero con gran tradición de lucha que no ha dejado de expresarse en el México contemporáneo, lo cual fue demostrado en nuestra historia reciente la rebelión obrera en Sicartsa en el puerto de Lázaro Cárdenas durante el 2006, contra el intervención del estado, a través de la Secretaría del Trabajo contra la autonomía sindical.

Largo es el avatar de los mineros contra los patrones, desde que la minería era propiedad de los españoles, pasando por las administraciones inglesas y norteamericanas durante el siglo XIX, hasta nuestros días, que la burguesía imperialista de Estados Unidos y Canadá –junto con sus socios nativos– sigue expoliando los recursos nacionales y explotando la mano de obra minera.

Como en los siglos pasados, los obreros de la minería siguen padeciendo las inclemencias de la vida en el subsuelo. Los trabajadores tienen esperanzas de vida muy por debajo del promedio nacional y ven su calidad de vida mermada por la silicosis y los problemas respiratorios.

Para ahorrar costos, los propietarios disminuyen las medidas de seguridad y los accidentes industriales son moneda corriente. Como en el siglo XVIII, los operarios mueren por la contaminación del aire, los derrumbes y las explosiones. El caso más emblemático de esta situación en la actualidad, fue la muerte de 65 mineros durante el 2006 en la mina 8 Pasta de Conchos, propiedad de minera México. A la fecha, las familias de los mineros siguen reclamando el rescate de los cuerpos y las responsables –patrones y autoridades laborales– permanecen impunes.

El presente artículo tiene el objetivo de rescatar uno de los eventos más remotos de insurgencia obrera en México y América Latina, protagonizado por los operarios mineros del siglo XVIII contra el patrón peninsular Romero de Terreros.

La huelga y el motín de 1766, sorprenden por su combatividad, radicalización y organización. Debe ser patrimonio del conjunto de la clase obrera minera y nuestro objetivo es rescatar los hechos y lecciones de esta gesta heroica para aportar a la reconstrucción de la memoria histórica de la clase.

La industria minera novohispana

Durante la dominación colonial, la monarquía española se vio obligada a adaptar las formas legales que revestían el derecho de propiedad en el imperio. En el caso de la Nueva España se estableció un criterio general de facto –que no como regla estricta– que indicaba que al descubrir un yacimiento mineral, debía ser dividido en su veta principal en tres partes1. Una reservada al soberano (2) que sería subastada públicamente, otra reservada al descubridor y la última destinada al dueño original del terreno.

La explotación minera vinculada al derecho de propiedad estaba organizada en distintos sentidos. Por un lado existía una franca minoría de empresarios muy acaudalados que se dedicaban a usufructuar las ganancias de sus minas y construir grandes obras públicas (3). Por otro, la gran mayoría de propietarios eran pequeños y esto se debió a que poseían una cantidad de vetas –una o dos por lo general– pero no eran capaces de solventar económicamente todos los recursos indispensables para completar el proceso productivo de extracción de mineral.

Y es que para hacer funcionar una mina, se debía disponer de un avío –conformado por maquinaria, alimentos, velas, animales, pólvora, materiales, leña, etcétera– y completar el proceso de refinación, lo cual los ponía en una situación de “feroz dependencia frente a quienes les habían anticipado todas estas provisiones” (4).

Para 1772, solo eran 12 mineros aquellos que financiaban el ciclo completo de producción, el resto eran pequeños propietarios y una parte importante del pueblo se dedicaba a sacarle provecho a los productos minerales que podían ser obtenidos de manera artesanal.

La mayor parte de la industria minera estaba organizada alrededor de la extracción de plata, aunque en menor medida, durante la colonia se emprendieron proyectos extractivos de oro, cobre y azogue. El proceso productivo completo, estaba articulado en fases: la extracción del mineral, su beneficio –que se refería al proceso de separación de la plata del resto de los metales– y la acuñación o conversión en moneda (5).

Una mina incluía una extensión de aproximadamente 120 por 60 varas, aunque para 1783, la mayor parte de las zonas de explotación se extendían hasta 200 varas (6).

La gran mayoría de las 3000 minas funcionando para las últimas décadas del siglo XVIII, operaban con un tiro perpendicular que iba desde la superficie hasta la veta (7). De la base de tiro, salían infinidad de pequeños túneles que seguían la veta en multiplicidad de direcciones, haciendo que “una mina mexicana era parecida a un inmenso panal de abejas, como una especie de ciudad subterránea formada por callejuelas torcidas y en ángulo que existían a diferentes niveles” (8).

El método de extraer el mineral por medio de un zapapico, prevaleció en la Nueva España durante el siglo XVIII. Sin embargo según algunas fuentes, el uso de explosivos comenzó a hacerse común durante esta centuria, abaratando enormemente los costos y posibilitando la ampliación de los tiros (en diámetro y longitud) y de las galerías.

La mayor parte del metal extraído se utilizaba para la acuñación y La Corona cargaba un impuesto del 10 por ciento sobre el conjunto de la plata producida, mientras monopolizaba la venta de azogue y pólvora.

De la técnica y de las máquinas en la minería del siglo XVIII

Como hemos dicho, la extracción del metal se realizaba con un zapapico de hierro hecho con material de exportación, que comúnmente era afilado al interior de la mina por medio de fraguas. El laborío de las minas se realizaba “(…) a pozo y patilla, ya sabe vuestra merced que esto no es otra cosa que ir formando escaleras para desbaratar después los escalones formando otros nuevos siempre que se presenta metal o mineral útil.” (9)

En contadas ocasiones, las fuentes registran la utilización de pólvora y barrenos para el trabajo de extracción y perforación, como consta en la Gaceta de México de 1730. Los “ademadores (…) aseguran los tiros y los socavones (…); muchachos de seis y siete años se ocupan en llenar con peligro de la vida aquellas oquedades que amenazan ruina.”(10)

El mineral era transportado hacia la superficie en bolsas de cuero que, comúnmente, eran cargadas por los tenateros (11). Alzate hizo una descripción a propósito de esta actividad planteando que un operario carga

(…) en los hombros hasta doce arrobas de metal subiendo ciento, doscientas o más varas por unas escalas que no son más de unos maderos cilíndricos colocados casi al perpendículo de una cuarta a lo más de diámetro en el que se excavan unas muescas para afianzar los pies.12

Para el siglo XVIII, la carga del mineral se realizó cada vez más comúnmente utilizando el malacate –que funcionaba como un mecanismo de poleas jaladas por humanos, mulas o caballos. Una vez extraído el mineral –en el caso particular de la plata– había que beneficiarlo, esto es, separarlo de los metales básicos que lo sustentaban. Para el siglo XVIII se utilizaban dos métodos diferenciados, la fundición o la amalgamación con azogue. La técnica utilizada, dependía de la calidad del metal ya que el material de baja calidad era más difícil de separar, por lo que requirió forzosamente de la amalgamación.

Este proceso –el de beneficio– se realizó en importantes concentraciones conocidas como haciendas de beneficio. En dichos establecimientos, el mineral era triturado al máximo con molinos y después colocado en hornos de fundición. Después se utilizaban fraguas pequeñas para separarlo del plomo, proceso que requería una nueva exposición al calor intenso.

La amalgamación, por su parte, requería también de la trituración por medio de molinos de pisones, que en el caso de algunos establecimientos, eran operados hidráulicamente. Una vez hecho polvo el mineral, se lavaba con una máquina; según Alzate, “no hay hacienda en que se beneficien metales por medio de azogue en la que no se halle establecida”.

Posteriormente, el mineral se colocaba en un arrastre movido por mulas. En este punto del proceso se agregaba el mercurio y luego se hacían montones que se colocaban al aire libre, expuestos al sol. A este proceso por exposición al sol se le conoció como método de patio.

Organización y fuerza de trabajo

No se puede hablar de una forma homogénea y generalizada de la organización del trabajo minero para la segunda mitad del siglo XVIII. En realidad, asistimos en este periodo a un proceso de desplazamiento donde coexisten tanto los rasgos precedentes con nuevas formas que comienzan a forjar una nueva fuerza de trabajo.

Según Ruggiero Romano, la disminución de la población indígena y el incremento de los españoles hizo que fuera cada vez más difícil otorgar nuevas encomiendas y se acudió al repartimiento que adquirió la forma de concesión a particulares (13), clave para entender la manera en que se reclutó a sectores cada vez más amplios de los subalternos.

A pesar de las reformas que establecían el trabajo libre durante las décadas de dominación colonial, éste fue muy restringido incluso hasta fines del siglo XVIII. El mismo autor registra una ordenanza de 1784 donde se alude al

(…) repartimiento de los indios de los pueblos cercanos a los Reales de Mina y a algunos abusos cometidos contra indígenas (…) se denuncia el reclutamiento forzoso de mulatos, mestizos, vagabundos y desocupados, que daba lugar a extremos como la captura de trabajadores. (14)

En contraste con esta posición, D.A. Brading plantea –para el caso específico del gremio minero– que:

Los trabajadores mineros de México, lejos de haber sido los peones oprimidos que la leyenda nos presenta, constituían una fuerza laboral libre, bien pagada y geográficamente móvil que en muchas regiones era prácticamente socia de los patrones (15).

Aunque después reconoce que “Sin embargo, todavía se reclutaban trabajadores indígenas forzados, especialmente en campos tales como Real del Monte y Pachuca, cercanos a la ciudad de México” (16).

Consideramos que las contradicciones en la historiografía tienen que ver con que aún que se preservaron ciertas prácticas características del trabajo forzoso, es verdad que para la segunda mitad de la centuria que nos ocupa, se fueron consolidando formas de trabajo libre que dependían de la obtención de un pago. El reclutamiento forzoso (leva) y el reparto de los minerales extraídos entre los trabajadores y el patrón mediante un término denominadopartido, fueron prácticas que coexistieron a lo largo de este periodo, generando incluso importantes conflictos sociales como el que se registró en Real del Monte para 1766 (17).

Justamente en el periodo que nos ocupa, con la emergencia de grandes propietarios y empresas mineras es que en algunas minas se intentó abolir el partido e implementar formas relativamente más reglamentadas de pago a los trabajadores.

Esta transformación fue tortuosa y paulatina y en los centros mineros de la Nueva España, se instauró la práctica de anticipar dinero o especie al trabajador en el momento de su reclutamiento para garantizar su endeudamiento y por esa vía su permanencia en el puesto de trabajo.

Con la emergencia incipiente de una organización del trabajo que se desplazaba hacia articulaciones más complejas, los sectores subalternos que formaban parte del proceso productivo comenzaron a adquirir una gran relevancia tanto en los saberes, prácticas y técnicas puestas en juego, como en los problemas de carácter socioeconómico.

Como plantea Luis Chávez Orozco a propósito de las minas de Real del Monte:

El trabajador de las minas de Romero de Terreros no es ya el indio, con recursos suficientes para subsistir en su comunidad, explotando las tierras comunales, y que es obligado por la fuerza a trabajar tantos más cuantos días en la mina, a reserva de ser devuelto a su pueblo con unos cuantos reales de más en el bolsillo y un cúmulo de enfer­medades incurables en el cuerpo. El trabajador minero de 1776 es un forzado a trabajar, no porque viva dentro de un sistema de esclavitud o encomienda, sino porque no tiene otro modo de vivir. (18)

La primera huelga de América Latina

Uno de los pocos empresarios de minas, altamente acaudalado era Pedro Romero de Terreros19, quien en la década del sesenta, invirtió grandes cantidades en rehabilitar la Veta Vizcaína. Una vez reconstruidos los socavones y las galerías, el patrón intentó disminuir los costos e incrementar sus ganancias.

De ahí que, una vez terminadas las tareas de restauración, anunció la baja de salario para todos los trabajadores y la anulación del partido en la Veta Vizcaína. En el caso de los peones, los peor pagados de toda la planta laboral, se les bajó el salario de cuatro a tres reales que era un pago de miseria para la época. Además, Romero de Terreros, paulatinamente, fue subiendo la cuota (20) de los trabajadores, de tal forma que en una jornada, los barreteros eran incapaces de extraer el mineral que se les solicitaba.

La intención de fondo del patrón era abolir el partido, del cual vivían los operarios más que de su salario. Como plantearon los mismos trabajadores en su primer pliego de demandas: “Poco a poco, don Pedro Romero de Terreros había estado cambiando la costumbre”.

Junto a las medidas modernizadoras, otro detonante de la huelga fue el maltrato ejercido sobre los operarios, que eran sometidos a insultos y golpes por parte de los capataces, en ese momento llamados rayadores o pesadores, que llevaban por nombre Francisco Lira de Santa Teresa, Cayetano Celis de la Joya y José Serrano Velasco. La tarea de los rayadores y pesadores era vigilar a los trabajadores y además verificar que la porción de mineral que tomaran no fuera de la mejor calidad, cuidando en todo momento que lo más valioso del mineral se lo quedara el patrón.

La importancia del partido la enunciaron los propios operarios en su queja del 1 de agosto, donde plantearon que era “la única protección que tiene un barretero en una mina” y “lo único que permite a los mineros vivir decentemente”.

Frente a esta situación, los trabajadores comenzaron a organizarse entre junio y julio de 1766. Un núcleo pequeño de operarios, había comenzado a reunirse clandestinamente en la casa del minero Nicolás de Zavala. Este último junto con Domingo González y José Vicente Oviedo, fueron los principales dirigentes de la lucha, no solo por organizar y agitar la huelga, sino por elaborar en documentos las exigencias del conjunto de los operarios.

Así se redactó la primera queja oficial del movimiento, la del 28 de julio, donde se exigía la permanencia del partido, el paro de los malos tratos y las medidas tomadas por el patrón. Este primer documento fue firmado por 70 trabajadores y consignaba que, en la veta Vizcaína “todo es aprovecharse el amo y perecer los operarios”.

Una vez presentada la queja ante las autoridades de Pachuca, al regresar a Real del Monte, un grupo de hombres recogedores al mando del administrador Marcelo González, secuestraron a los dirigentes del movimiento y los obligaron a trabajar toda la noche en excavación.

Al día siguiente, los operarios indignados organizaron un contingente de 250 trabajadores para protestar y exigir solución a sus demandas en la real hacienda de Pachuca, según el notario real “con el mayor escándalo y de forma licenciosa”. El contingente era una masa de hombres, mujeres y niños descalzos y ahí permaneció toda la noche hasta obligar a las autoridades locales del virreinato a desplazarse a Real del Monte y solucionar sus peticiones.

Ese mismo día, el resto de los operarios se había ausentado de sus labores. La huelga había comenzado. Dos días después, con el paro de labores en curso, un contingente mayor –de alrededor de 300 mineros– avanzó nuevamente hacia Pachuca a exigir que les regresara la queja para presentarla en un tribunal de mayor jerarquía. Efectivamente, la dirección del movimiento redactó un nuevo documento, contrató a un abogado y consiguió la adhesión, esta vez, de 1200 operarios de Real del Monte.

En esta queja, llamada del 1 de agosto, los mineros pedían que se les subiera el salario inmediatamente a los peones, denunciaron la situación de violencia que padecían en la mina, denunciaban a los esquiroles –esclavos negros– y a trabajadores traídos de Guanajuato que estaban siendo usados para quebrar la huelga y amenazaron con la deserción en masa si no se tomaban en cuenta sus demandas. En este documento se lee:

Siendo un beneficio el de las minas, que parece lo tiene Dios con particularidad para que todos participen de él, especialmente después del dueño los instrumentos, por cuyo medio logra, cuales somos los operarios, venimos a ser a los que menos alcanza, pues apurando por tantos modos lo que nos toca, nos ha venido a dejar nada. Este daño, señor, es de un pueblo entero, numeroso, como que asciende a más de mil doscientos hombres. (21)

Este texto fue presentado al Virrey, quien prometió resolver las demandas de los trabajadores a cabalidad, si éstos regresaban al trabajo y redactó un documento girando instrucciones a las autoridades de Pachuca. El 6 de agosto, los administradores de la mina se presentaron antes los trabajadores, anunciándoles que se respetaría el partido, pero omitiendo el resto de las reivindicaciones, frente a lo cual, los operarios, despidieron a gritos a los administradores. La huelga, comenzó a concitar el apoyo de minas cercanas y la participación activa de trabajadores de toda la región.

Para presionar, el patrón mandó a encarcelar a los dirigentes y amenazó con mantenerlos presos hasta que no se volviera al trabajo y viajó de urgencia a Pachuca para entrevistarse con los operarios.

El 14 de agosto de 1766, 2000 trabajadores eligieron a 11 barreteros para formar parte de una comisión de negociación. En la negociación, después de un intenso debate, Romero de Terreros accedió a dejar intacto el partido, pero omitió el problema del salario para los peones, con la complacencia de la delegación.

Al día siguiente, muchos trabajadores regresaron al trabajo. Sin embargo, los peones comenzaron a organizarse en una de las galerías, porque su situación permanecía igual. Romero de Terreros pudo sentarse a la mesa con los barreteros, pero nunca accedió a negociar con los peones, a quienes consideraba de muy poca categoría para respirar el mismo aire. Muchos barreteros, indignados con la resolución, plantearon su solidaridad a los peones y dijeron: “Hubo acuerdo, pero no con los peones y ninguno de nosotros se bajará”. Como plantea la historiadora Doris M. Ladd:

“Para estos hombres la huelga seguía, con nexos más profundos de ira entre hombres que no podían darse el lujo de dejar de trabajar, pero que se negaban a hacerlo debido a un principio de solidaridad que habían definido para sí mismos, por sí mismos”.

Tanto el patrón como las autoridades virreinales, habían tratado de desactivar la huelga restituyendo el partido. Pero la indignación de los operarios trascendía este aspecto de sus reivindicaciones. Habían trabajado durante años, poniendo en riesgo su vida y su salud, bajo una disciplina de hierro. Los recogedores, que habían las veces de capataces y realizaban tareas de administración, eran los más crueles vigilantes de los intereses del patrón. Como sancionó un peón de la minga, llamado Miguel Santos: “¿qué es lo que ocurre si después de haber trabajado todo un día en la mina, los recogedores lo obligan a uno a trabajar otro turno de 12 horas en otra mina?

En tanto el problema del salario para los peones y la cotidiana represión en la mina no estaba resuelto, los operarios estaban en pie de lucha, listos para llegar hasta las últimas consecuencias.

El motín

El 15 de agosto, reinició parcialmente la jornada laboral. No todos los operarios se presentaron y los que lo hicieron fueron obligados a llevarse al partido mineral de baja calidad, hostigados por los recogedores. La indignación cundió. Una multitud de mineros y sus familias se concentraron en el atrio de la iglesia. El cura, tratando de controlar a la turba, fue acusado a gritos de estar con los patrones, según las fuentes, un grito se hizo oír en medio de la multitud: ¡use los sacramentos que el Real hoy se destruirá!”.

Durante unas horas, los ánimos se enfriaron. Poco a poco, los mineros fueron dispersando la concentración. Sin embargo, durante la tarde, un grupo de recogedores secuestraron a palos a un grupo de operarios y se los llevaron a trabajar a la Veta Vizcaína. La noticia fue regada como pólvora. Al llegar a la entrada de la mina, la división de recogedores fue bienvenida por una multitud armada con palos y piedras. El paro de labores volvió a generalizarse en la Vizcaína, San Cayetano y La Joya.

Al anochecer, Romero de Terreros y el alcalde mayor conversaban tomando un chocolate sobre la necesidad de castigar a un minero que había ido a ver a Romero de Terreros y lo había tratado de manera insolente. En ese momento, oyeron a lo lejos las pisadas de un gran contingente que se aproximaba: eran hombres, mujeres y niños, armados con palos y piedras que gritaban maldiciones. Romero de Terreros logró escapar pero el alcalde mayor no. Al tratar de defenderse golpeó con un palo a un minero y la turba se enardeció, llenándolo de piedras y palos hasta matarlo. En el frío de la noche, se escucharon gritos que clamaban: ¡Abajo el diputado! ¡No hay justicia ni la queremos! ¡La guerra no terminará! ¡Viva el Rey, muera el mal gobierno!

Consideraciones finales

Al principio del presente texto, nos remitimos a la rebelión obrera que presenciaron los trabajadores metalúrgicos en la planta Sicartsa en el puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán, a mediados del 2006. A partir de ese año, los mineros han sido de los sectores más activos de la clase obrera en México, protagonizando paros en defensa de la autonomía sindical y contra el tope salarial. No es difícil plantearnos que en perspectiva, al calor de la crisis económica en curso y el reanimamiento de la lucha de clases en nuestro país, los mineros son un sector clave de la clase obrera. Por el lugar que ocupan como motor de una de las industrias más importantes de nuestro país, su número y concentración, como por ser un gremio con una tradición combativa de larga data.

Lamentablemente con la estatización de los sindicatos durante el largo ciclo de dominación del PRI, las organizaciones obreras quedaron atenazadas bajo el yugo de los dirigentes charros que, una y otra vez, traicionaron los intereses de los trabajadores, después del surgimiento del sindicato en 1959 bajo el empuje de la huelga y movilización nacional que hicieron temblar al México de aquella época.

La defensa por la autonomía sindical, puede ser el primer acto de una creciente actividad del gremio, que tarde o temprano puede arrojar a los cientos de miles de trabajadores mineros a cuestionar a su dirección. La defensa del empleo, del contrato colectivo, la lucha por condiciones óptimas de seguridad y por la incorporación de los trabajadores terciarizados al sindicato, son tareas que los mineros deben afrontar en lo inmediato. Sólo pueden ser luchas victoriosas si el poderoso sindicato minero vuelve a ser de y para los trabajadores.

Cuentan a su favor, con una tradición de lucha de siglos, que debe ser incorporada a la identidad y la conciencia de las nuevas generaciones. La huelga de 1766, demostró, en un momento muy prematuro de la historia de la clase, el enorme poder que adquieren los trabajadores cuando se organizan como uno solo, contra la sangría patronal y gubernamental.

Notas:

(1) Romano, R. Mecanismo y elementos del sistema económico colonial americano, Colegio de México, México, 2004.

(2) De esta forma de propiedad, basada en el rey, es que las minas en Nueva España acostumbraron llamarse reales.

(3) Romano, R., op. cit.

(4) Romano, R., op. cit.

(5) Brading, D.A. Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

(6) Ídem.

(7) Es importante señalar que el trabajo a grandes profundidades era una práctica regular para la minería novohispana. Los tiros alcanzaban hasta 675 varas, en contraste con los europeos, cuyas profundidades más espectaculares alcanzaban 393, según documenta Brading.

(8) Brading,D.A., op. cit., pág. 184.

(9) Alzate, J.A. Carta a don N. sobre el estado ventajoso en que se haya la práctica de la minería en Nueva España, en Moreno de los Arcos, Obras, UNAM, 1985, México, pág. 224.

(10) Ídem.

(11) Término novohispano que definía a los cargadores del mineral.

(12) Alzate, J.A., op. cit.

(13) Romano, R., op. cit.

(14) Romano, R., op. cit.

(15) Brading, D.A., op.cit. pág.201.

(16) Ídem.

(17) En 1766, los trabajadores mineros de Real del Monte, en la mina propiedad de Romero de Terreros, iniciaron un proceso huelguístico –según algunos historiadores, el primero de América Latina– que terminó con un motín de la población y el asesinato de funcionarios locales. Los operarios lucharon en contra de la disminución de su salario por un lado y contra la anulación del partido, que les permitía quedarse con una parte del mineral excedente que extraían. Es relevante que Romero de Terreros es de los primeros propietarios que intentaron eliminar el partido para implementar formas más modernas de trabajo libre como el salario.

(18) Luis Chavez Orozco, Conflicto de Trabajo en Real del Monte 1766, Instituto para el estudio de la Revolución Mexicana, 1972, pág. 20.

(19) Pedro Romero de Terreros era un inmigrante español que se convirtió en uno de los empresarios más ricos de la Nueva España. Fue de los primeros hombres burgueses que poseían medios de producción y veían la necesidad de generalizar el trabajo asalariado en las minas

(20) La cuota era la cantidad de mineral que el barretero debía extraer forzosamente en una jornada laboral para recibir su salario y luego poder quedarse con el partido.

(21) Queja del Primero de Agosto, Archivo General de la Nación- Co, pág. 37; 1766.

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