Rebeldes e insurrectas

Por Jimena Vergarasoldaderas1.png

El siglo XX latinoamericano no podía comenzar de otra manera: la Revolución Mexicana irrumpió como un huracán en un continente plagado de luchas obreras y campesinas que mostrarían ya el espíritu revolucionario que albergarían sus extensas tierras, desde Morelos hasta la Patagonia.

A lo largo y ancho del continente se reproducía, al ritmo de las aspiraciones imperialistas yanquis y las nostalgias colonialistas europeas, el paso firme de las masas obreras y campesinas que se negaban al designio que les imponían las burguesías locales: dependencia económica, explotación y opresión. Al cumplir su primera década, el siglo XX vio nacer la enorme movilización revolucionaria en México. Este es el punto de partida que elegimos, retomando la idea del historiador Luis Vitale que explica: “Como puede apreciarse, ya en la década de 1920 estaba planteada para el movimiento feminista la necesidad de ligarse estrechamente a las mujeres de la clase trabajadora con el fin de romper el aislamiento y evitar cualquier desviación elitista. Precisamente, uno de los países donde el feminismo surge ligado a las luchas populares es México”2. Esta Revolución que inaugura el siglo, sumó entre sus combatientes a miles de mujeres de la ciudad y el campo. Recorremos aquí el tortuoso camino de la que distintos autores marxistas consideran la “última de las revoluciones burguesas y la primera de las revoluciones proletarias”, con las historias de Lucrecia Toriz y Amelia Robles, puestos en la propaganda política, la denuncia de la opresión y el abastecimiento, hasta el rol de destacadas coronelas en el ejército zapatista, que fue el que contó con más mujeres en sus filas que en las páginas dedicadas a sus historias.

El gran ensayo revolucionario de México entre 1910 y 1917 dejó allanado el camino para las sobradas muestras de voluntad de lucha de las masas de nuestro continente. En el seno de la movilización y la voluntad rabiosa de combate que se dejó entrever en cada lucha posterior contra la explotación y la opresión imperialistas y sus gobiernos lacayos, nacía la clase obrera que ya en sus primeros pasos mostraba con certeza ser la única capaz de realizar las legítimas demandas que recorrían los distintos países. Un coloso, todavía por entonces poniéndose de pie, que hoy, cien años más tarde, tiene por delante retomar y continuar la lucha por las reivindicaciones tras las que se movilizaron sus predecesores. En estas mujeres que presentamos aquí, las mujeres trabajadoras, campesinas y del pueblo pobre latinoamericano de hoy encontrarán una fuente de inspiración revolucionaria para el futuro que aún resta por conquistar.

Lucrecia Toriz

La lumbre que la Comuna encendió en México siguió ardiendo por debajo, cubierta por su propia derrota y por la paz porfiriana, pero no extinguida, porque las cabezas de los revolucionarios y de las masas son tenaces, como las brasas que tienden un puente escondido entre la hoguera que fue y la hoguera que será.

Adolfo Gilly4

La Revolución Mexicana de 1910 todavía resintió los estertores de la expe­riencia que hizo el proletariado parisino en la Comuna de 1871. Muchos vetera­nos de este proceso participaron ese año en las filas zapatistas o en los círculos obreros que incipientemente comenzaban a formarse5. El México bronco y profundo emergió de la subterraneidad, desde los confines de las haciendas henequeneras6, cafetaleras y bananeras, para armarse y combatir primero al porfiriato y luego a la burguesía y a la pequeñoburguesía que se hicieron del poder y que sentaron las bases del estado capitalista contemporáneo.

La mujer de la Revolución

Es en este marco, cuando la sociedad mexicana fue desgarrada por la lucha in­testina de los de abajo contra los de arriba, que las masas toman en sus manos su propio destino. Y dentro de ella, con presencia contundente, la mujer de la Revo­lución: la obrera, la campesina, la adelita7, la soldadera. En las urbes, sumándose a la Revolución desde los semanarios, los periódicos clandestinos, los círculos liberales, anarquistas, obreros, luchando por sus reivindicaciones.

Desde 1904, cuando ya se gestaba el movimiento antirreeleccionista, surgieron los primeros círculos de mujeres, que a la par de pelear contra la dictadura, lucharon por sus propias demandas. Aparece la prensa clandestina contra el porfiriato y, con ella, los semanarios de corte feminista. Regeneración, Vésper, Juan Panadero, El Diario del Hogar, todos agitaban contra la dictadura y todos planteaban las reivindicaciones de maestras, empleadas y obreras. De contenido anticlerical en su mayoría, denunciaban el rol de la Iglesia, del matrimonio, peleaban por el derecho al divorcio y al sufragio. La prensa de oposición era perseguida con saña y las mujeres aún más: muchas periodistas, intelectuales y maestras pasaron meses de tortura en San Juan de Ulúa o en la cárcel de Belén8. Cuando eran excarceladas, huían a provincia para volver a montar las imprentas clandestinas. Éste fue el caso de Guadalupe Rojo, Juana B. Gutiérrez de Mendoza o la señorita Acuña y Rosseti; muchas más padecerían también el exilio.

Es de destacar el grupo Las hijas del Anáhuac9, surgido en estos años, donde participaron obreras, campesinas, intelectuales y maestras. Luchaban por la Revolución y también por salarios iguales a los de los varones, licencias de ma­ternidad, educación para las mujeres indígenas y campesinas.

En las fábricas, con los primeros intentos de organización obrera, las mujeres jugaron un rol destacado, también participando de la publicación de semanarios. Este es el caso de Julia Marta o Julia Sánchez, responsable de la publicación de El látigo justiciero. Al respecto, la prensa burguesa decía “Es enemigo (sic) de la religión, de la patria, de la familia y de la propiedad, el mayor fanático de la Casa del Obrero Mundial, que sin embargo, supo agitar a las multitudes con su violenta sinceridad […] pues bien de igual dimensión y violencia es Julia Marta”10.

En el campo, el proletariado agrícola y el campesinado pobre comenzaban, desde principios de siglo, a sublevarse contra el dominio de los hacendados y latifundistas. De aquí se nutrió el zapatismo y sus filas pobladas de mujeres. El ejército zapatista contó en los frentes con la aguerrida participación de las soldaderas, mujeres que empuñaban el fusil o cargaban el pesado armamento, surtiéndolo cuando en las trincheras los guerrilleros quedaban indefensos. Las adelitas eran una suerte de retaguardia y “ejército de abastecimiento”, cuidando a los heridos, a los niños, y proporcionando a los soldados provisiones y agua. En muchos casos fueron estas mujeres las que convencieron a las tropas porfirianas y a las constitucionalistas de no agredir a los rebeldes y de pasarse al campo de la Revolución.

Como se ve, en las urbes, en el campo, en las fábricas, las mujeres fueron parte esencial de la Revolución Mexicana, tejiendo una historia de coraje, de tradición de lucha, de combatividad, ejemplo para todos los trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad.

La “virgen roja” de los trabajadores mexicanos

La Revolución de 1910 tuvo un antecedente fundamental; un preámbulo en el que los obreros textiles del país dieron una enorme demostración de su potencial. Las huelgas de Río Blanco y Cananea fueron dos procesos avanzados de la

lucha de clases que anunciaron con violencia las convulsiones que azotarían al país durante los siguientes diez años11.

El porfiriato abrió las puertas a la inversión extranjera. El nuevo proletariado mexicano, en un alto porcentaje, dejaba su vida entre las máquinas de las fábricas yanquis, inglesas y francesas. Las jornadas de trabajo eran de entre doce y dieciséis horas. La industria textil tuvo un fuerte auge durante la última década del siglo XIX. En Tlaxcala, Puebla, Veracruz y el Distrito Federal, miles de hombres, mujeres y niños constituían el ejército de mano de obra barata que llenaba las arcas de los imperialistas. El salario de un obrero era de treinta y cinco centavos al día; el de una mujer, de veinticinco centavos diarios. Los niños eran empleados para gran cantidad de labores y recibían diez centavos por jornada. Los raquíticos salarios eran completamente insuficientes para el gasto familiar, por lo que los obreros se veían obligados a acudir a las tiendas de raya. Éstas eran administradas por un representante de la patronal que ofrecía crédito a los trabajadores por artículos de la canasta básica. Al estar permanentemente endeudados, a veces los obreros no llegaban ni a ver sus salarios, ya que se iban confiscados por el usurero de la tienda.

Fueron estas circunstancias en las que nació y creció Lucrecia Toriz, obrera textil originaria de Veracruz, que tuvo una participación muy destacada en la gran huelga de Río Blanco, que abarcó el cordón de la industria textilera en los estados de Puebla, Veracruz y Tlaxcala.

Desde 1906, los obreros y obreras textiles de diversas fábricas como las de Río Blanco, San Lorenzo, Nogales y Santa Rosa conformaron el Gran Círculo de Obreros Libres, influenciado por el magonismo. Los trabajadores comenzaron a organizarse por la jornada de ocho horas, aumento salarial y mejores condiciones de trabajo. La organización comenzó a extenderse, por lo que el gobierno porfirista decidió encarcelar a sus dirigentes. Este primer intento represivo no logró frenar el proceso en las fábricas, por lo que la patronal extranjera formó el

Centro Industrial Mexicano, que tenía como objetivo legislar sobre la actividad de los obreros en la fábrica. Uno de los estatutos que impuso la patronal en los tres estados prohibía textualmente “recibir visitas de amigos y parientes, leer periódicos que no sean previamente censurados y, por ende, autorizados por los administradores de las fábricas”12.

La imposición de la patronal fue rechazada por los trabajadores y las textileras de Puebla, Tlaxcala y algunas de Veracruz que hicieron estallar la huelga el 4 de diciembre de 1906. En las fábricas, donde los obreros no habían elegido nuevos representantes, los dirigentes amigos del porfirismo y la patronal intentaron desviar la huelga hacia la confianza en una resolución del gobierno, rogándole a Don Porfirio su “indulgencia” para resolver las demandas. La patronal decidió cerrar las fábricas que aún no estaban en poder de los trabajadores, realizando un lock out.

Los dirigentes, encabezados por José Morales13, consiguieron una entrevista con Porfirio Díaz el 3 de enero y ese mismo día, con su anuencia, el presidente ordenó a los trabajadores regresar al trabajo y aceptar el reglamento patronal. Pero los trabajadores de Río Blanco acusaron a Morales y al resto de la dirección de traidores y permanecieron en huelga.

El 7 de enero, una imponente manifestación de obreros y obreras textiles se concentró afuera de la fábrica de Río Blanco, muy temprano, para impedir la entra­da de los rompehuelgas encabezados por los dirigentes gobiernistas. La comitiva fue encabezada por varias mujeres que iban preparadas para impedir que la fábrica sea reabierta. En Las Pugnas de la Gleba, Rosendo Salazar lo describe así:

En Río Blanco, un grupo de mujeres encabezadas por la colectora Isabel Díaz de Pensa­miento y en la que figuraban las obreras Dolores Larios, Carmen Cruz, Lucrecia Toriz y otras, desde el día anterior habían formado una brigada de combate, que se encargó de re­unir mendrugos de pan, tortillas duras, con las que llenaron sus rebozos y desde temprana hora se instalaron a la puerta de la fábrica esperando que alguno se atreviera a romper el movimiento de protesta, para lapidarlo con aquellos despojos simbólicos y crueles. En la tienda de raya estaban los dependientes extranjeros y cuando una mujer se acercó pidiendo un préstamo recibió soez injuria. Alguien reclamó y el dependiente hizo un disparo, la mul­titud se enardeció y a poco la tienda de raya ardía, presa en llamas. Poco después, Lucrecia Toriz, empuñando una bandera, se enfrentó al batallón que había sido llamado. Unos días después, sobre carros plataformas, los obreros muertos fueron arrojados al mar14.

Varias crónicas aseguran que después del incendio de la tienda de raya, un destacamento dirigido por las mismas obreras avanzó sobre Veracruz hacia Puebla. En el camino se hicieron del control de algunos cuarteles. Hechos en armas, obreros y obreras tomaron varias estaciones del ferrocarril. Durante la marcha diversos destacamentos armados fueron repelidos por el batallón de trabajadores. En el enfrentamiento donde estaba a cargo el jefe político de Orizaba, Carlos Herrera, cuando éste dio la orden de cortar cartucho, de la multitud emergió una mujer con su bandera que expuso las razones de sus compañeros:

[…] relató el hambre, la injusticia y la pobreza a la que se enfrentaban todos los días; señaló que a cambio de unos cuantos pesos que se quedaban en las tiendas de raya, muchas trabajadoras y trabajadores se levantaban al alba: esa mujer era Lucrecia Toriz. Tal fue la elocuencia de la señora Toriz que esa tarde los rurales bajaron sus armas y fueron a dar parte al que más tarde sería conocido como El Verdugo de Orizaba, Rosalino Martínez15.

Fue este siniestro personero del porfirismo en decadencia, Rosalino Martínez, quien en el camino de Nogales a Orizaba emboscaría a la comitiva que se dirigía a liberar a los obreros que habían sido encarcelados por negarse a trabajar. Así se desencadenó una de las represiones más sanguinarias que consigna la historia contemporánea. Los barrios obreros de Veracruz fueron invadidos por el ejército. Obreros y obreras fueron asesinados o encarcelados y torturados con la más profunda saña. La persecución se prolongó durante varios días y de los siete mil trabajadores implicados en la huelga, cinco mil volvieron al trabajo después de la derrota. Los demás fueron asesinados o desaparecidos. A pesar de la brutal represión, al paso del ejército por las barriadas, se podía ver en las mantas y las paredes la convicción de los trabajadores: “Primero mártires, antes que esclavos.”

No se supo más de Lucrecia Toriz. Quizás falleció bajo el fusil porfirista o se vio obligada a regresar a las fábricas textiles de Veracruz. Pero ella y el resto de las obreras que, con los rebozos repletos de desperdicios enfrentaron a la patronal y al ejército, son parte de la tradición de lucha y enorme combatividad de los trabajadores mexicanos. Son parte de la historia que se construye desde abajo, para extraer sus lecciones y utilizarlas en el futuro del proletariado, que acaudillando a las naciones oprimidas de América Latina acabe de una vez por todas con la expoliación imperialista.

Años más tarde, la Revolución atravesaba el suelo mexicano. A su cabeza, el ejército zapatista integrado por campesinos pobres y, entre ellos, otra mujer que se transformó en ejemplo de combate.

Notas:

1 Este capítulo es un fragmento del capítulo “Rebeldes” del libro Luchadoras / Historias de mujeres que hicieron historia. Ha sido revisado para la presente edición.

2 Luis Vitale, “El movimiento feminista latinoamericano del siglo XX”, en El protagonismo social de la mujer, Buenos Aires, Sudamericana / Planeta, 1987.

3 Muchas mujeres participaron también en las filas de la débil burguesía mexicana, como Sara Pérez de Madero, esposa de Francisco I. Madero, Hermilda Galindo, secretaria de Venustiano Carranza, así como las soldaderas de los federales. El estudio de su accionar no es objeto de este trabajo, pero no queríamos dejar de mencionar que también hubo participación femenina en el constitucionalismo y los sectores contrarrevolucionarios.

La Revolución Interrumpida, de Adolfo Gilly.

5 Para un mayor tratamiento del tema de la Comuna de París, ver Louise Mitchell en el capítulo “Pioneras”, del libro Luchadoras / Historias de mujeres que hicieron historia.

6 El henequén es una fibra obtenida de la planta del magüey que se industrializó para la exportación durante el siglo XIX y principios del XX.

7 El término se acuñó popularmente en alusión a las mujeres que acompañaban a las tropas revolucionarias, inspirado en una canción popular. Se refiere a las mujeres campesinas y de los pueblos originarios que abastecían de víveres a los soldados, y eran sus compañeras.

8 Fueron dos presidios del porfiriato donde eran encarcelados los luchadores, reconocidos por la cruel­dad de las torturas y maltratos a los que eran sometidos los reclusos.

9 La palabra anáhuac de origen náhuatl significa literalmente “cerca del agua”. Hace referencia al territorio ocupado por el imperio azteca, particularmente al Valle de México o Valle del Anáhuac donde se asienta hoy la Ciudad de México y el conurbano. Se utiliza también para indicar todo el territorio hasta donde se extendía el dominio azteca en la época prehispánica. Fue utilizado por varias agrupaciones feministas que lucharon en la Revolución, probablemente haciendo referencia a la leyenda azteca sobre la “llorona”. Esta leyenda relata que cuando era inminente la llegada de los conquistadores españoles a Tenochtitlán, los sacerdotes vieron una “aparición”: la diosa cuidadora de la raza advertía con lamento “¡ay mis hijos, mis pobres hijos del Anáhuac!”, augurando el peligro inminente de la conquista.

10 Ángeles Mendieta Alatorre, La mujer en la Revolución Mexicana, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1961.

11 Ver el ensayo “Preludio de la Revolución: el Partido Liberal Mexicano, Cananea y Río Blanco”, p. 55.

12 Ángeles Mendieta Alatorre, op. cit.

13 Dirigente progubernamental de los obreros de la industria textil de Veracruz.

14 Ángeles Mendieta Alatorre, op. cit.

15 Idem.

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