No queremos ser una estrella más de la bandera yanky

 

imperialismo yanki

Se puede decir que la recientemente aprobada Reforma Energética es el corolario del ciclo de recolonización de la nación oprimida que se inauguró en México a partir de 1982. Después de la crisis de este año, la política imperialista en las semicolonias se caracterizó por la “transferencia de recursos a las arcas imperialistas (mediante pago de servicio de deuda por ejemplo) y originando lo que se conoció como década perdida”[i].

El llamado ciclo neoliberal daba inicio en América Latina y el viejo dinosaurio priísta, enquistado en el poder sobre la base de la represión a las luchas que desde los cincuentas hasta los setentas habían protagonizado la juventud y el movimiento obrero, requirió girar el proyecto económico en 180 grados mediante la creciente apertura comercial y la liberalización del comercio exterior. En detrimento de la industria local, la inversión de las trasnacionales extranjeras inició un ciclo ascendente.

Durante el sexenio de Salinas de Gortari y el de Ernesto Zedillo, las trasnacionales y sus socios nativos, se apropiaron de ramas enteras como la banca, la telefonía, la siderurgia, el gas, los puertos, la minería, la aviación, la petroquímica y la televisión. En esos años, inició también el avance privatizador sobre el petróleo y la electricidad, pero solo parcialmente. Ni que decir del campo mexicano que, con la reforma al artículo 27 de la Constitución, quedó desamparado frente a la penetración imperialista.

Pero el acuerdo de mayor relevancia durante esos años fue, sin duda alguna, la firma del Tratado de Libre Comercio en 1992 entre Estados Unidos, Canadá y México. Un documento de colonialismo a ultranza cuyo objetivo estratégico era subordinar al máximo la economía mexicana y que el imperialismo tuviera incidencia directa – a manera de arbitraje- en la legislación. El discurso de Carlos Salinas de Gortari era el de la modernización y la firma del tratado, fue el aspecto más ambicioso del proyecto burgués del priato en decadencia (flanqueado por el descontento popular y en particular por el alzamiento zapatista de 1994). Los resultados de esta entrega al imperialismo son un verdadero robo para los trabajadores y el pueblo pobre de México. Hoy por hoy, casi el 80% de las importaciones provienen de Estados Unidos, en el campo gobierna Monsanto y los agrobussines en base al despojo, la explotación del proletariado agrícola, la quiebra de los pequeños productores y la planta productiva en México es absolutamente adicta al capital extranjero.

La Reforma Energética actual, aprobada por el PRI y el PAN, desmantela por completo el control estatal sobre el petróleo y los hidrocarburos y le concede al capital extranjero la explotación de estos recursos sin límites, profundizando el camino de devastación ambiental que ya se ha convertido en emergencia nacional.

El correlato político del llamado neoliberalismo en México, implicó el disciplinamiento y la cooptación de la izquierda que se subió al carro de la llamada “transición pactada”.

Aquellos que vieron en el triunfo de Fox y en los 12 años de panismo un triunfo de la revolución democrática, hoy están estupefactos por la forma en la cual las mayorías en las cámaras impusieron la Reforma, negando incluso los mecanismos mínimos y elementales de la democracia parlamentaria. El PRD, que desde los 80´s se forjó como la principal contención del movimiento de masas, ubicándose como la “pata izquierda” del régimen y la transición, hoy se desgarra las vestiduras frente a los “excesos” de las bancadas del PRI y el PAN durante la votación de la reforma, pero apenas ayer era parte del “Pacto por México” y durante todos estos años en los que ha sido gobierno, ha garantizado los intereses capitalistas reprimiendo las luchas y tomando un curso cada vez más pronunciado de “mano dura”, como se evidencia en la criminalización de la protesta en el Distrito Federal.

Lamentablemente, la mayor parte de la izquierda, se subordinó en el pasado a la transición “democrática” y dejó de bregar por la construcción de organizaciones independientes y revolucionarias de los trabajadores. Frente a esta capitulación, también abandonó la tradición antiimperialista que primó en la vanguardia mexicana hasta los 70´s. Basta recordar que el movimiento estudiantil de 1968 tuvo en uno de sus principales hitos, la movilización del 26 de julio en conmemoración de la revolución cubana, violentamente reprimida por los grupos de choque y la policía del PRI.

En un artículo de reciente publicación en el periódico “La Jornada”, Adolfo Gilly acierta en denunciar el carácter histórico que implica este nivel de entrega al imperialismo: “(…) el proceso de integración y subordinación desencadenado desde la presidencia de Miguel de la Madrid ha pasado una frontera que no tendrá retorno sin un gran sobresalto humano, material y espiritual de la nación entera (…). En este universo epocal subordinar la soberanía, la economía, los derechos, los salarios y los ingresos, el territorio, la naturaleza y la nación mexicana a los intereses y necesidades de la nación vecina, Estados Unidos, y de sus centros financieros y militares, constituye un vuelco de dimensiones históricas aún difícilmente imaginables. Se trata de un golpe de mano llevado a cabo sin discusión ni consulta, que no responde ante la nación y su pueblo sino a los intereses de los beneficiarios actuales de esas políticas y sus aliados y clientes locales. Tampoco se trata de los intereses del pueblo de Estados Unidos, sino de los de Wall Street y el Pentágono”. Y siguiendo esta lógica propone “unirse y organizarse en libertad y democracia, más allá de cualquier otro interés o diferencia en el presente, más allá de cualquier resquemor o distancia en el pasado, organizarse en todos los terrenos y con todos los medios y formas –todos– que prevé y autoriza la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y con toda la libertad y la protección que desde su artículo 1º dicha Constitución garantiza”[ii].

Pero desde nuestro punto de vista, defender la soberanía, el territorio, la economía, los salarios y a la “nación mexicana” de la rapiña imperialista, pasa necesariamente por abrazar una perspectiva anticapitalista, socialista y revolucionaria. Ningún sector de la burguesía nacional – ni siquiera aquella que dice defender los aspectos progresistas del constituyente de 1917- cuyo objetivo fue, en primer lugar, desviar la revolución encarnada en la imponente guerra campesina que incendió al país hasta que los ejércitos revolucionarios de Villa y Zapata fueron derrotados por Carranza y Obregón, puede llevar a buen puerto la lucha contra la subordinación al imperialismo.

La emergencia de una nueva izquierda de los trabajadores y la juventud en México, va de la mano de forjar un programa antiimperialista e internacionalista que se haga carne en decenas y decenas de trabajadores y jóvenes que hoy despiertan a la vida política. Un programa que, a contramano del limitado programa antineoliberal del lopezobradorismo cuestione la subordinación al imperialismo norteamericano y europeo, que levante la necesidad de echar abajo el Tratado de Libre Comercio, el Transpacífico y todos los pactos económicos, militares y políticos con el imperialismo.  Que se pronuncie por el no pago de la deuda externa, por la renacionalización de la industria estratégica y  por la expropiación bajo control obrero de todas y cada una de las empresas privatizadas y entregadas a las trasnacionales.

Recuperar la tradición antiemperialista del marxismo revolucionario, se hace acuciante en momentos en que la opresión de los pueblos de América Latina y la llamada periferia capitalista se ha multiplicado. Las burguesías nacionalistas de todo tipo, se demostraron impotentes durante todo el siglo XX para terminar con la opresión imperialista. Muchos de los gobiernos que llegaron al poder con gran apoyo popular porque supuestamente representaban formas de oposición a la entrega, luego se hicieron los más férreos defensores del neoliberalismo, como es el caso de Lula en Brasil.

Nuestra perspectiva, es ligar la lucha por la liberación nacional de los pueblos oprimidos a la lucha por la revolución socialista a nivel internacional. Como plantea el manifiesto de emergencia de la Cuarta Internacional:

“Tan sólo bajo una dirección revolucionaria podrá el proletariado de las colonias y semicolonias entrar en invencible colaboración con el proletariado de las metrópolis y la clase obrera del mundo entero. Sólo una colaboración similar puede llevar a los pueblos oprimidos a su emancipación completa y definitiva, aniquilando el imperialismo en el mundo entero. Una victoria del proletariado internacional librará a los pueblos coloniales del penoso esfuerzo de un desarrollo capitalista, al abrirles la posibilidad de avanzar hacia el socialismo junto con el proletariado de los países avanzados”[iii].

Por ello, como dice Adolfo Gilly, es menester unificarnos y organizarnos. Pero no con los que ayer desviaron la energía de las masas laboriosas hacia la confianza en esta “democracia para ricos”. Se trata de que la clase obrera y sus aliados – los campesinos pobres, los indígenas, los estudiantes, los jóvenes, las mujeres que luchan por sus derechos, los pobres urbanos- impongamos nuestro propio programa y nuestra propia agenda.

Es menester forjar una organización de los trabajadores y la juventud; un instrumento político que, con independencia de clase y en una perspectiva internacionalista y revolucionaria, prefigure una alternativa política para los millones que padecen las consecuencias de la penetración imperialista.

Al servicio de esta perspectiva es que hoy, desde la Liga de Trabajadores Socialistas estamos impulsando el Movimiento de los Trabajadores Socialistas, como un eslabón en la tarea estratégica de poner en pie en México y a nivel internacional,  una nueva organización socialista, de los trabajadores y la juventud.


[i]  Pablo Oprinari (2000): El ciclo histórico del bonapartismo mexicano en Estrategia Internacional No. 15, consultado en http://www.ft.org.ar/estrategia/ei15/ei15la9.htm

[ii] Adolfo Gilli (2013): La destrucción de la Constitución de 1917 en La Jornada, viernes 13 de diciembre. Consultado en http://www.jornada.unam.mx/2013/12/13/politica/014a1pol

[iii]  “Manifiesto de la Cuarta Internacional sobre la guerra imperialista y la revolución proletaria mundial” en  Guerra y Revolución, Una Interpretación Alternativa de la Segunda Guerra Mundial. Tomo 1, CEIP, 2004 y la introducción de Gabriela Liszt.

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