A propósito del fallecimiento de Julio Scherer García

Jimena Vergara 

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Destacado periodista en las épocas de Díaz Ordaz

El recién fallecido Julio Scherer García, fue uno de los periodistas más controvertidos del México contemporáneo. Inició su carrera en el periódico Excélsior y fue su director precisamente en 1968, cuando el régimen del PRI perpetraba una de las peores masacres de la historia nacional en la plaza de las Tres Culturas un aciago 2 de octubre. Bajo su dirección, Excélsior fue de los pocos medios de prensa escrita que denunciaron la represión al movimiento estudiantil.

Producto de ser un personaje incómodo para el régimen del PRI y más precisamente para el entonces presidente Luis Echeverría, que mantenía a la mayor parte de los medios de comunicación bajo la más apabullante censura, Scherer abandonó el periódico y junto a otros periodistas de vocación democrática fundó la revista Proceso en 1976.

A propósito del semanario que recientemente publicó una escandalosa investigación sobre la participación del Ejército y la Policía Federal en el caso Ayotzinapa, Scherer decía: “Suele decirse que Proceso nació para la estridencia. Ciertamente no somos moderados, pero el país no está para la crítica prudente a la que muchos se acomodan.”

Ser periodista en México: peligro de muerte

La labor de Julio Scherer, junto a otros periodistas cuya trayectoria profesional surcó el convulso siglo XX y las formas más despiadadas del priato, destaca ante una tradición de periodismo subordinado al poder y las intrigas palaciegas, en busca de una línea editorial que es menester reivindicar frente a la compraventa de conciencias que de manera rampante aqueja a los medios de comunicación.

Tiene el mérito, que no ostentan otros, de haberse preservado sin poner su pluma al servicio de los intereses del régimen y los partidos políticos -en 1988, por ejemplo, rechazó el Premio Nacional de Periodismo, que en ese entonces era entregado por el presidente- y de hacer periodismo crítico en un país donde las cifras de asesinatos a periodistas se comparan con las de Afganistán.

Para no ir más lejos, apenas hace unos días, el periodista José Moisés Sánchez Cerezo fue “levantado” por un comando armado por haber denunciado a través del periódico La Unión al narco y la fallida estrategia de “guerra contra el crimen organizado” perpetrada por los últimos gobiernos panistas y priístas.

El periodismo crítico e independiente, en un país que ostenta una “democracia” bárbara y degradada, ha sido una labor llevada a cabo con valentía y tesón por varias generaciones de periodistas honestos.

Es una señal de alarma para las organizaciones de derechos humanos y todos aquellos que denuncian y luchan contra el corrompido poder de los partidos, los narcos y las instituciones armadas, que México sea el sexto país a nivel internacional con mayor cantidad de asesinatos a periodistas.

Parafraseando a F. Engels, más allá de las posiciones políticas de los comunicadores que se dedican a “hacer la noticia”, su valía radica en realizar una descripción fiel de las circunstancias reales, develar los hechos que el poder nos presenta de manera distorsionada, cuando no falaz, aunque no tome partido ostensiblemente.

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